Prisión
de Gantes, Bélgica, 14 de diciembre
de 2006
Ni felicidad, ni
alivio. La muerte natural y demasiado
apacible del dictador fascista Augusto
Pinochet habrá despertado
en mí sólo sentimientos
de pesar y de amargura.
Ya su detención
en Londres en 1998 me había
apenas regocijado. Me encontraba entonces
en la capital británica y
fui testigo de la explosión
de alegría
de los exiliados chilenos y de innumerables
demócratas de todos los colores
que se habían agrupado frente
al hospital donde permanecía
el ex general. Era un placer de ver
a compañeros tan felices. No
obstante, se me hacía dificil
de imaginar que la patria de su odiosa
protectora Thatcher iba a ponerlo gentilmente
a disposición de la justicia
española. Por su parte, el juez
encargado de la querella, Baltazar
Garzón que iba a hacerse ilustre,
los años siguientes, por su
campaña de represión
contra los partidos políticos
y la sociedad civil vascos, no me inspiraba
en nada más confianza. No más
que esta justicia belga que había
acogido la queja de las víctimas
de Pinochet gracias a aquella ley notable
que permitía de juzgar en el
suelo belga a criminales de guerra,
torturadores o genocidiarios, pero
que el parlamento amputó cuidadosamente,
y muy rápido, de su competencia
universal.
En suma, no llegaba
a concebir que instituciones minadas
por depredadores probados de la democracia
y de la equidad, sirviendo por añadidura los
intereses de la misma clase social
que aquella en la que se había
apoyado el régimen de Pinochet,
hubieran podido hacer justicia en toda
imparcialidad. Eran sólo impresiones
y no sería por cierto mi reciente
condena que iba a convertirme en alguien
menos desconfiado de la justicia burguesa.
En el caso Pinochet,
yo había
soñado con otro desenlace. Ante
todo, que su proceso se hubiera desarrollado
no en un palacio de justicia normal,
lo que hubiera sido hacerle demasiado
honor, pero en el Estadio de Santiago
dónde Victor Jara y tantos otros
tesoros inestimables del pueblo chileno
fueron salvajemente asesinados.
En segundo lugar,
yo había
soñado que iban a ser las esposas,
las madres, las hermanas y las hijas
de los desaparecidos, los fusilados
y los mutilados, en todo caso mujeres,
las que harían justicia. Porque
nadie sufrió tanto como las
mujeres chilenas, monumentos de coraje
cuya tenacidad reavivó la lucha
por la justicia y conmocionó la
opinión internacional en las
horas más negras del fascismo.
Las chilenas como
todas las mujeres de los pueblos
oprimidos están
animadas por una fuerza temible que
sacan de su amor, y de sus lágrimas
más ardientes que heridas de
cuchillo.
En Turquía, las madres de los
detenidos o de los desaparecidos son
iguales: cuando bajan a la calle, desafían
las prohibiciones, bloquean los caminos,
se enfrentan con la policía
y, a veces, hasta logran atrapar a
torturadores por el cuello. En sus
manifestaciones, un eslogan que les
es dedicado, proclama que "la
colera de las madres ahogará a
los asesinos".
Es ahogado en los
torrentes de lágrimas
de las madres chilenas enarbolando
las fotos de sus hijos mártires
que yo habría deseado ver morir
a Pinochet.
En lugar de eso,
una muerte ingrata le permitió evadirse. Aceptémoslo.
Pero no nos quedemos en eso. Los pueblos
no han dicho su última palabra.
Por prueba: las ideas que Pinochet
intentó erradicar, reflorecen
de uno y otro costado de la Cordillera
de los Andes y esa es nuestra verdadera
revancha y nuestro mayor consuelo.
Ironía del destino, es en el día
de sus funerales que pude obtener por
fin el derecho de acceso a la minúscula
biblioteca de la prisión. Pude
así acompañarlo en su último
viaje leyendo una pequeña y deliciosa
novela titulada "Mi país
reinventado", escrita por una
cierta Isabel Allende…
Bahar Kimyongür